6 de agosto de 2015

Séptimo mandamiento: no cometerás adulterio


El séptimo mandamiento está registrado en Éxodo 20:14: “No cometerás adulterio”.

Dios se propuso que la relación sexual entre un esposo y una esposa sea un vínculo exclusivo e íntimo para fortalecer la relación matrimonial.
El relato de la creación muestra el maravilloso propósito de Dios para hombres y mujeres y para el vínculo matrimonial. “Y dijo el Eterno Dios: No es bueno que el hombre esté solo; le haré ayuda idónea para él.…
“Entonces el Eterno Dios hizo caer sueño profundo sobre Adán, y mientras éste dormía, tomó una de sus costillas, y cerró la carne en su lugar. Y de la costilla que el Eterno Dios tomó del hombre, hizo una mujer, y la trajo al hombre.
“Dijo entonces Adán: Esto es ahora hueso de mis huesos y carne de mi carne; ésta será llamad Varona, porque del varón fue tomada. Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne” (Génesis 2:18, 21-24).
Por lo tanto la prohibición del sexo extramarital—adulterio—fue diseñada para proteger la santidad del matrimonio y mostrar la importancia de la fidelidad.

El espíritu del séptimo mandamiento

Jesucristo explicó con más detalle el séptimo mandamiento para mostrar el espíritu de la ley. Él dijo que aún mirar lujuriosamente es adulterio mental: “Oísteis que fue dicho: No cometerás adulterio. Pero yo os digo que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón. Por tanto, si tu ojo derecho te es ocasión de caer, sácalo, y échalo de ti; pues mejor te es que se pierda uno de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea echado al infierno” (Mateo 5:27-29).
Algunas personas en el primer siglo, y en la actualidad también, consideraban que se debe dar rienda suelta a los apetitos naturales. El apóstol Pablo describió este enfoque y lo rebatió en su primera carta a los corintios. “Las viandas para el vientre, y el vientre para las viandas; pero tanto al uno como a las otras destruirá Dios. Pero el cuerpo no es para la fornicación, sino para el Señor, y el Señor para el cuerpo” (1 Corintios 6:13). Pablo explicó que el Dios que creó nuestros cuerpos y quiere vivir en nosotros, quiere que seamos puros.
Nosotros debemos huir de la inmoralidad sexual: “Huid de la fornicación. Cualquier otro pecado que el hombre cometa, está fuera del cuerpo; mas el que fornica, contra su propio cuerpo peca” (1Corintios 6:18). No debemos ceder a los deseos sexuales y la tentación; debemos seguir el ejemplo de José quien huyó ante la insinuación sexual de la esposa de su amo (Génesis 39:6-20).

Todo sexo fuera del matrimonio es prohibido

Toda tipo de sexo fuera del matrimonio es prohibido. Pablo dijo que el sexo premarital, el adulterio, la homosexualidad y otros pecados le impedirían a una persona la entrada en el Reino de Dios: “¿No sabéis que los injustos no heredarán el reino de Dios? No erréis; ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los que se echan con varones, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, no los maldicientes, ni los estafadores, heredarán el reino de Dios” (1 Corintios 6:9-10).
Pero Dios provee la manera de abandonar las malas prácticas y pecados sexuales a través del arrepentimiento y la conversión: “Y esto erais algunos; mas ya habéis sido santificados, ya habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesús, y por el Espíritu de nuestro Dios” (1 Corintios 6:11). Dios ofrece lavar nuestro pasado pecaminoso y darnos un corazón limpio y puro.
El sexo dentro del matrimonio es puro y bueno: “Honroso sea en todos el matrimonio, y el lecho sin mancilla; pero a los fornicarios y a los adúlteros los juzgará Dios” (Hebreos 13:4). No permita que la sociedad le haga creer que el sexo no tiene ningún valor, y lo convierta en una necesidad fisiológica , algo que tiene que ser satisfecho a toda costa, o un deporte hedonista y extremo. Lea las advertencias de Salomón acerca del atractivo de la inmoralidad y sus consecuencias en comparación con la dicha de un amor comprometido (Proverbios 5:1-20).
La conclusión poética de Salomón es: “Sea bendito tu manantial, y alégrate con la mujer de tu juventud, como cierva amada y graciosa gacela. Sus caricias te satisfagan en todo tiempo, y en su amor recréate siempre. ¿Y por qué, hijo mío, andarás ciego con la mujer ajena, y abrazarás el seno de la extraña?” (Proverbios 5:18-20).
 

Sexto mandamiento: no matarás

Dios registró el sexto mandamiento en Éxodo 20:13: “No matarás”. Dios valora la vida enormemente y quiere que nosotros también la valoremos.

Dios es el dador de la vida. Él sopló dentro del primer hombre el aliento de vida (Génesis 2:7), y su plan es darle a cada ser humano una oportunidad de vida verdadera—vida eterna como sus hijos e hijas en su Reino. Jesucristo dijo: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:16). Él desea que todos se arrepientan y reciban salvación (1 Timoteo 2:4; 2 Pedro 3:9). Esta vida física es el campo de entrenamiento para esa vida futura.
Dios valora la vida enormemente. Él nos dice que escojamos la vida: “A los cielos y a la tierra llamo por testigos hoy contra vosotros, que os he puesto delante la vida y la muerte, la bendición y la maldición; escoge, pues, la vida, para que vivas tú y tu descendencia” (Deuteronomio 30:19).
Dios mostró el valor de la vida humana al requerir la pena capital por el homicidio de otra persona (Éxodo 21:12, 14). Desde luego, cuando alguien mataba accidentalmente a otro ser humano, el castigo era diferente (Éxodo 21:13; Números 35:11).

La intención espiritual del sexto mandamiento

Jesucristo detalló el sexto mandamiento para enfatizar su intento espiritual. Él nos dijo que no nos debemos enojar sin causa ni debemos permitir que el enojo nos lleve a violentarnos contra otra persona o abusemos de ella verbalmente:
“Oísteis que fue dicho a los antiguos: No matarás; y cualquiera que matare será culpado de juicio. Pero yo os digo que cualquiera que se enoje contra su hermano, será culpable de juicio; y cualquiera que diga: Necio [que significa “cabeza hueca”], a su hermano, será culpable ante el concilio; y cualquiera que le diga: Fatuo, quedará expuesto al infierno de fuego” (Mateo 5:21-22).
Hay un enojo justo (Dios se enoja contra el pecado, como muestra Hebreos 3:17), pero debe ser controlado, tal como Dios lo hace con paciencia y misericordia. Joel 2:13 nos muestra esto, y nos alienta a apelar a la misericordia de Dios: “Rasgad vuestro corazón, y no vuestros vestidos, y convertíos al Eterno vuestro Dios; porque misericordioso es y clemente, tardo para la ira y grande en misericordia, y que se duele del castigo”.

El odio es homicidio

La Biblia muestra que el odio es una actitud homicida. El apóstol Juan escribió: “Todo aquel que aborrece a su hermano es homicida; y sabéis que ningún homicida tiene vida eterna permanente en él” (1 Juan 3:15).
La Biblia también muestra los peligros de nuestras palabras y que nosotros podemos cometer homicidio con nuestras lenguas (Proverbios 18:21). “Así también la lengua es un miembro pequeño, pero se jacta de grandes cosas. He aquí, ¡cuán grande bosque enciende un pequeño fuego! Y la lengua es un fuego, un mundo de maldad. La lengua está puesta entre nuestros miembros, y contamina todo el cuerpo, e inflama la rueda de la creación, y ella misma es inflamada por el infierno. Porque toda naturaleza de bestias, y de aves, y de serpientes, y de seres del mar, se doma y ha sido domada por la naturaleza humana; pero ningún hombre puede domar la lengua, que es un mal que no puede ser refrenado, llena de veneno mortal” (Santiago 3:5-8).
Debemos reemplazar el odio—la actitud de homicidio—con amor, y mostrarlo con hechos: “Nosotros sabemos que hemos pasado de muerte a vida, en que amamos a los hermanos. El que no ama a su hermano, permanece en muerte. … Pero el que tiene bienes de este mundo y ve a su hermano tener necesidad, y cierra contra él su corazón, ¿cómo mora el amor de Dios en él? Hijitos míos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad” (1 Juan 3:14, 17-18).
No debemos odiar ni a un enemigo, sino amar, bendecir, hacer bien y orar por ellos. Como Jesucristo enseñó en el Sermón del Monte: “Oísteis que fue dicho: Amarás a tu prójimo, y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen; para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y que hace llover sobre justos e injustos” (Mateo 5:43-45).

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Quinto mandamiento: honra a tu padre y a tu madre

El quinto mandamiento dice: “Honra a tu padre y a tu madre, para que tus días se alarguen en la tierra que el Eterno tu Dios te da”.

Los cuatro primeros mandamientos definen cómo quiere Dios que le mostremos amor. Este quinto mandamiento marca el comienzo de una serie de seis mandamientos que nos muestran cómo amar a otras personas—empezando desde nuestros más tempranos años en la familia.
En cierto modo, el quinto mandamiento conecta las dos secciones, ya que Dios se revela a Sí mismo como nuestro Padre amoroso. ¡Ningún padre merece tanto honor como nuestro Padre Celestial! No obstante la Biblia muestra que la humanidad, y aun aquellos escogidos para ser el pueblo de Dios, a menudo han fallado en mostrar ese honor y respeto a nuestro Dios Creador.
Dios señaló este problema tan común en Malaquías 1:6: “El hijo honra al padre, y el siervo a su señor. Si, pues, soy yo padre, ¿dónde está mi honra? Y si soy señor, ¿dónde está mi temor?”
Este quinto mandamiento nos ayuda a ver cómo el aprender respeto y honor en el ambiente familiar nos ayuda a prepararnos para mostrar honor a nuestro grandioso Padre Celestial.

El primer mandamiento con promesa

El apóstol Pablo reiteró el quinto mandamiento, y enfatizó que es el “primer mandamiento con promesa: ‘para que te vaya bien, y seas de larga vida sobre la tierra’” (Efesios 6:2-3). Todos los mandamientos de Dios son dados para nuestro beneficio, pero éste es especialmente resaltado por Dios por las bendiciones que trae para el individuo, la familia y la sociedad en general.
Pablo abunda en este tema de relaciones familiares con mandatos tanto para los hijos como para los padres: “Hijos, obedeced en el Señor a vuestros padres, porque esto es justo” (v. 1). Una sociedad que funcione bien y las relaciones felices están basadas en el respeto y obediencia a la autoridad. Es mucho más fácil si aprendemos esto a temprana edad—y con esto evitamos tener que aprenderlo por la línea dura, en el campamento militar, la prisión o al perder el empleo. Dios quiere que aprendamos a “honrad a todos” (1 Pedro 2:17). Debemos someternos a la autoridad, “Porque no hay autoridad sino de parte de Dios” (Romanos 13:1). Esto no significa que Dios condone liderazgos represivos y de mano dura. Él responsabiliza a los padres, maestros y otros líderes y los someterá a un juicio más estricto (Santiago 3:1).

El honor no debe terminar cuando dejamos el hogar

La familia es un compromiso de toda la vida; refleja la permanencia de la relación familiar a la cual hemos sido llamados, al llegar a ser hijos de Dios. Como el apóstol Juan escribió,:“Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios” (1 Juan 3:1).
Dios se propone que nosotros continuemos mostrando respeto y honor a nuestros padres aún después de dejar el hogar y tal vez aún más conforme ellos envejecen y pueden requerir ayuda y cuidado. Jesucristo mostró la hipocresía de algunos que trataban de esquivar su responsabilidad de honrar y sostener a sus padres de avanzada edad:
“¿Por qué también vosotros quebrantáis el mandamiento de Dios por vuestra tradición? Porque dios mandó diciendo: Honra a tu padre y a tu madre; y: El que maldiga al padre o a la madre, muera irremisiblemente. Pero vosotros decís: Cualquiera que diga a su padre o a su madre: Es mi ofrenda a Dios todo aquello con que pudiera ayudarte, ya no ha de honrar a su padre o a su madre. Así habéis invalidado el mandamiento de Dios por vuestra tradición” (Mateo 15:3-6).
Dios quiere que durante toda la vida, honremos y respetemos a nuestros padres.

El crucial papel de los padres

El apóstol Pablo también exhortó a los padres: “Y vosotros, padres, no provoquéis a ira a vuestros hijos, sino criadlos en disciplina y amonestación del Señor” (Efesios 6:4). A los Colosenses, Pablo les agregó: “…para que no se desalienten” (Colosenses 3:21). Los padres deben ser conscientes de su papel de maestros, pero deben hacerlo de una forma tal que animen y no provoquen a sus hijos.
La expresión “criadlos en disciplina y amonestación del Señor”, se explica más detalladamente en el libro de Deuteronomio. Dios les dice a los padres: “Y amarás al Eterno tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y con todas tus fuerzas. Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón; y las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes” (Deuteronomio 6:5-7).
El papel de los padres es algo fundamental y conlleva muchos retos. Merece respeto.

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El cuarto mandamiento: acuérdate del día de reposo


Tras seis días de creación, Dios estableció el día de reposo para que nos acordemos de Él. Pero, ¿cómo quiere Dios que guardemos este día en la actualidad?

Dios describe su cuarto mandamiento en Éxodo 20:8-11:
“Acuérdate del día de reposo para santificarlo. Seis días trabajarás, y harás toda tu obra; mas el séptimo día es reposo para Jehová tu Dios; no hagas en él obra alguna, tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu criada, ni tu bestia, ni tu extranjero que está dentro de tus puertas. Porque en seis días hizo Jehová los cielos y la tierra, el mar, y todas las cosas que en ellos hay, y reposó en el séptimo día; por tanto, Jehová bendijo el día de reposo y lo santificó”.

El día de reposo como parte de la creación

Como leemos en Génesis 2:1-3, Dios estableció el día de reposo en el último día de la semana de creación. Y este día fue hecho para que recordemos a nuestro Creador: “Fueron, pues, acabados los cielos y la tierra, y todo el ejército de ellos. Y acabó Dios en el día séptimo la obra que hizo; y reposó el día séptimo de toda la obra que hizo. Y bendijo Dios al día séptimo, y lo santificó, porque en él reposó de toda la obra que había hecho en la creación”.
Cuando recordamos este día, descansando cada sábado, estamos obedeciendo el mandamiento de Dios y también siguiendo su ejemplo. ¿Cómo podríamos saber la manera en que Dios quiere que le adoremos si Él no lo hubiese revelado? ¿Cómo podría un ser humano mortal saber en qué consiste el tiempo santo si Dios no se lo enseña? Afortunadamente, y aunque sólo algunos pocos se “acuerdan” del séptimo día de reposo, Dios sí ha revelado estas cosas.
En Deuteronomio 5:12-15, Dios reitera el mandamiento del sábado haciendo énfasis en cómo se relaciona con el concepto de libertad. Tal como los israelitas fueron librados de su esclavitud bajo la mano de Faraón, rey de Egipto, nosotros podemos ser librados de Satanás y el pecado. El poderoso Libertador que sacó a los Israelitas de Egipto, quien luego llegó a ser Jesucristo (1 Corintios 10:4), es también nuestro Redentor y Salvador en la actualidad.

¿De quién es el día de reposo?

En Éxodo 20:10 leemos que “el séptimo día es reposo para Jehová tu Dios”. En otras palabras, el sábado pertenece a Dios; cómo Jesús mismo dijo, Él es “Señor aun del día de reposo” (Marcos 2:28). Pero Cristo también reveló que la verdadera razón por la cual creó el sábado es para nuestro beneficio; “El día de reposo fue hecho por causa del hombre, y no el hombre por causa del día de reposo” (Marcos 2:27).
Sin embargo, el sábado no fue creado para que busquemos nuestro provecho egoístamente. Como dice Deuteronomio 5:14, debemos permitir que nuestros empleados también descansen en el día de reposo. Y, en Mateo 12:10-13, Jesús aclaró que es correcto hacer obras buenas en sábado, como cuando es necesario atender una emergencia, y lo demostró a través de su ejemplo al curar enfermos y heridos durante el día de reposo.
¿Por qué los fariseos acusaron a Jesús de hacer “lo que no es lícito hacer en el día de reposo” (Mateo 12:2)? Porque ellos y sus antepasados habían tergiversado las lecciones que Dios quiso entregarnos cuando castigó a los israelitas por quebrantar el sábado y otros de sus mandamientos. Las leyes de Dios no son agobiantes (1 Juan 5:3), pero los fariseos habían creado una gran cantidad de leyes humanas en torno a la observancia del sábado que se habían convertido en una verdadera carga (Mateo 23:4).

El sábado hoy y en el futuro

Como revelan los capítulos 3 y 4 del libro de los Hebreos, el día de reposo tiene una conexión con la Tierra Prometida y el reino de Dios. Cada uno de estos conceptos es análogo a los demás, siendo la Tierra Prometida una imagen imperfecta del futuro reino de Dios, donde prevalecerá la paz.
El sábado, el día en que Dios descasó de la creación, es tanto un anticipo como un recordatorio semanal del futuro y maravilloso reposo que nos espera cuando ya no seamos esclavos del pecado (Hebreos 4:4, 9). “Por tanto, queda un reposo para el pueblo de Dios” (Hebreos 4:9).
En ese futuro reino, todos adorarán a Dios en su día de reposo (Isaías 66:23).

El mandamiento del sábado en la actualidad

Aun en la actualidad, Dios espera que trabajemos diligentemente durante seis días para poder proveer lo necesario y guardar el sábado apropiadamente cada semana. Así es como aprendemos a ser diligentes, a planificar y a tener nuestras prioridades en orden. Dios no nos ordena descansar un día a la semana para fomentar la pereza; lo hace por que lo necesitamos.
El sábado no es un día para dormir y no hacer nada, es un día para hacer algo diferente a lo que hacemos el resto de la semana: volver a enfocarnos en Dios y adorarle, pasar tiempo con otros cristianos que piensen como nosotros (Hebreos 10:24-25), orar, estudiar la Biblia y meditar.
El día de reposo es una ocasión para pasar tiempo en familia, admirar la creación y servir a los demás, haciendo cosas como visitar a las viudas y los huérfanos (Santiago 1:27). El sábado debe ser un deleite, pero no porque sea un día para dedicarnos a nuestros pasatiempos o intereses, sino porque es un día para honrar a Dios, agradarle y hacer su voluntad (Isaías 58:13-14).

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Tercer mandamiento: No tomarás el nombre del Eterno tu Dios en vano

El tercer mandamiento prohíbe el lenguaje profano, la blasfemia y las maldiciones: “No tomarás el nombre del Eterno tu Dios en vano”.

El tercer mandamiento está registrado en Éxodo 20:7. No tomar el nombre de Dios en vano significa no tomarlo a la ligera y nunca usar el santo nombre de Dios para maldecir irreflexivamente. Éste es quizás el pecado más común en la actualidad, ya que el lenguaje profano es ampliamente utilizado en la televisión y en la industria cinematográfica. Pero Dios nos dice que dejemos de usar las blasfemias y el lenguaje obsceno y que bendigamos en lugar de maldecir.
El apóstol Pablo escribió a los cristianos de Colosas: “Pero ahora dejad también vosotros todas estas cosas: ira, enojo, malicia, blasfemia, palabras deshonestas de vuestra boca” (Colosenses 3:8). Él también dio esta instrucción a la iglesia en Roma, “Bendecid a los que os persiguen; bendecid, y no maldigáis” (Romanos 12:14).

Reverenciando y representando a Dios apropiadamente

En lugar de usar su nombre en vano con lenguaje profano, nosotros debemos reverenciar a Dios y representar su nombre bien. Jesucristo exhortó a sus seguidores a dar el ejemplo correcto para que la gente glorificara el nombre de Dios. “Vosotros sois la luz del mundo; una ciudad asentada sobre un monte no se puede esconder. Ni se enciende una luz y se pone debajo de un almud, sino sobre el candelero, y alumbra a todos los que están en casa. Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mateo 5:14-16).
En contraste, Pablo advirtió que nuestras acciones erróneas podían difamar el nombre de Dios: “Tú que te jactas de la ley, ¿con infracción de la ley deshonras a Dios? Porque como está escrito, el nombre de Dios es blasfemado entre los gentiles por causa de vosotros” (Romanos 2:23-24, aludiendo a pasajes del Antiguo Testamento tales como Isaías 52:5 y Ezequiel 36:22).

Oraciones y alabanza en lugar de lenguaje profano

Jesús nos dijo que el nombre de Dios debe ser “santificado” en nuestras oraciones (Mateo 6:9). Es decir, debe ser guardado santo.
El libro de Salmos y muchas otras partes de la Biblia dan ejemplos de la alabanza y honor que se deben dar al nombre de Dios. He aquí algunos pocos ejemplos:
  • “¡Oh Eterno, Señor nuestro, cuán glorioso es tu nombre en toda la tierra!” (Salmo 8:1).
  • “Tributad al Eterno, oh hijos de los poderosos, dad al Eterno la gloria debida a su nombre; adorad al Eterno en la hermosura de la santidad” (Salmo 29:1-2).
  • “Bendice, alma mía al Eterno, y bendiga todo mi ser su santo nombre. Bendice, alma mía, al Eterno, y no olvides ninguno de sus beneficios. Él es quien perdona todas tus iniquidades, el que sana todas tus dolencias; el que rescata del hoyo tu vida, el que te corona de favores y misericordias; el que sacia de bien tu boca de modo que te rejuvenezcas como el águila” (Salmo 103:1-5).
  • “Sea bendito el nombre de Dios de siglos en siglos, porque suyos son el poder y la sabiduría. Él muda los tiempos y las edades; quita reyes, y pone reyes; da la sabiduría a los sabios, y la ciencia a los entendidos. Él revela lo profundo y lo escondido; conoce lo que está en tinieblas, y con él mora la luz” (Daniel 2:20-22).
  • “Señor, digno eres de recibir la gloria y la honra y el poder; porque tú creaste todas las cosas, y por tu voluntad existen y fueron creadas” (Apocalipsis 4:11).

Orar en el nombre de Jesús

¡Es sorprendente que Jesucristo de a sus seguidores el gran privilegio de orar usando su nombre! “Si algo pidiereis en mi nombre, yo lo haré” (Juan 14:14).
Nosotros no debemos usar mal este privilegio; no es como un genio en una botella. Debemos pedir sólo de acuerdo a su voluntad, no egoístamente. Como escribió el apóstol Juan, “Y esta es la confianza que tenemos en Él, que si pedimos alguna cosa conforme a su voluntad, él nos oye. Y si sabemos que Él nos oye en cualquiera cosa que pidamos, sabemos que tenemos las peticiones que le hayamos hecho” (1 Juan 5:14-15).
En lugar de usar lenguaje profano, debemos “hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de Él” (Colosenses 3:17).

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