12 de septiembre de 2009

¿Tenía razón Tolomeo?

«En el principio creó Dios los cielos y la tierra» (Gen. 1: 1).
Con el desarrollo de la ciencia y la tecnología se ha avanzado mucho en el conocimiento del universo y de las leyes que rigen su comportamiento, lo que ha servido de base a la formulación de diversas teorías respecto a su origen, forma y evolución. Todas ellas, no obstante, tienen como denominador común un considerable número de preguntas sin respuesta. Como cristianos creemos que Dios es eterno y todopoderoso, que creó la materia en la eternidad, cuando el tiempo no existía y que, en consecuencia, esa materia responde a su voluntad que se expresa en un sistema de leyes, creadas también por él, para que bajo su influjo el mundo material se comporte de un modo determinado. Creemos también que el curso de la historia del universo está bajo control divino, y que Dios puede cambiarlo cuando ésta sea su voluntad.

La declaración de Génesis 1: 1 –«En el principio creó Dios los cielos y la tierra»– sirve de fundamento a esta creencia. Este texto, escrito hace más de 3.500 años, resuelve, además, un problema fundamental de la ciencia contemporánea, mediante la pregunta

¿En qué principio?

La respuesta evidentemente se refiere al principio del tiempo, al instante en que surgió el universo. Un instante cuyo antecedente es una eternidad donde no existía el tiempo, y por ende, ninguna de las leyes físicas que rigen el universo. El principio es, entonces, una condición de frontera que separa dos situaciones cosmológicas diferentes: la eternidad de Dios y el tiempo finito de la materia.

Génesis 1: 2 describe de un plumazo el estado inicial de ese universo y de nuestro planeta, en tanto que en Génesis 1: 3 comienza el relato de otra creación, la creación del medio ambiente terrestre y del hombre. Cada uno de estos versículos se refiere a tiempos y situaciones distintas, que no ha sido del interés de Dios explicar, dado que el objetivo supremo de la Biblia no es resolver los problemas de la ciencia, sino proporcionarnos un medio de salvación y vida eterna.

¿De qué tamaño es entonces el universo?

Desde Adán y Eva hasta Galileo, el universo conocido constaba de unas tres mil estrellas, las cuales formaban un hermoso paisaje nocturno de luces titilantes que, desde Tolomeo hasta Copérnico, se suponía giraban en torno a nuestro planeta, hasta entonces privilegiado por las teorías vigentes como centro de toda la creación.

A partir de Galileo el universo se ha ensanchado vertiginosamente, nuevas estrellas y numerosos cuerpos celestes, que hasta entonces permanecían ocultos al ojo humano, atraviesan con su luz el ocular de los telescopios para mostrar nuevas facetas de un colosal misterio. La Vía Láctea, con sus cien mil años luz de longitud y millones de estrellas, debuta como el nuevo concepto de universo. La Tierra pierde su trono y pasa a ser una insignificante mota de polvo cósmico que gira en torno a una estrella de segunda categoría.

Con los descubrimientos de Hubble, la aparición de nuevos medios de investigación, y más tarde, con el telescopio orbital que lleva su nombre, el universo sigue expandiéndose y aparece un nuevo concepto, el de metagalaxia o racimo de galaxias, que hace palidecer la inimaginable extensión de la Vía Láctea. Esta isla de estrellas, empequeñecida ahora por los potentes medios de observación contemporáneos, lleva en su seno una brizna de polvo cósmico, aún más insignificante o más bien inmensurablemente pequeña, donde se desarrolla el colosal drama de la creación de Dios entre el bien y el mal, lo que, en el contexto de todo el universo, le confiere una connotación especial.

Hoy existen muchos modelos del universo, propuestos por eminentes científicos, que van desde dimensiones finitas hasta el infinito; desde los conceptos repetitivos del Big Bang, hasta la dispersión total, enfriamiento y muerte de todo cuanto existe, o desde el universo único hasta el metauniverso, donde el nuestro nuevamente se empequeñecería formando parte de un universo mayor.

¿Tenía razón Tolomeo?

« ¿Qué es el hombre, para tengas de él memoria?» (Sal. 8: 4). El hombre vive en un planeta que representa aproximadamente el 0,0003% de la masa del Sol (aquí la masa del hombre se hace comparativamente inexistente) en una galaxia donde ese formidable astro ya no puede distinguirse; galaxia que a su vez forma parte de un universo conocido donde ella representa hoy la fracción 1/50 millones. ¿Dónde ha quedado el hombre y su planeta que se consideraba el centro del universo? Cualquier magnitud dividida por infinito es matemáticamente igual a cero, por lo que, con escasas probabilidades de error podría decirse que ¡matemáticamente no existen!
«De Jehová es la tierra y su plenitud; el mundo, y los que en él habitan» (Sal. 24: 1). Si proporcionalmente nuestro planeta, en comparación con el universo, matemáticamente no existe, y Jehová es el Creador y Soberano de ese universo, entonces tampoco existe relación de proporcionalidad alguna entre Dios y nosotros, y sin embargo, ese Jehová todopoderoso, Dios de amor, vino a este mundo, matemáticamente inexistente, a morir para que nosotros pudiésemos vivir eternamente (véase Juan 3: 16), y nos ha prometido que hará nuevo nuestro planeta (véase Apocalipsis 21: 1) y habitará en él, y la humanidad restaurada será su pueblo y Dios mismo estará con ellos como su Dios (véase Apocalipsis 21: 3). Este hecho, tan aparentemente desproporcionado, es la manifestación suprema del amor de Dios y de lo que nosotros, seres humanos, significamos para él.

La Tierra no se considera hoy el centro del universo, pero de acuerdo con la promesa, será el lugar donde estará Dios y, donde esté Dios, allí estará el centro de toda su creación, por lo que cabe preguntarnos: ¿Tenía razón Tolomeo?

-----Tolomeo-----

Nació: alrededor de 85 d. C. en Egipto Murió: alrededor de 165 d. C. en Alejandría, Egipto

Uno de los astrónomos y geógrafos griegos más influyentes de su época, Tolomeo planteó la teoría geocéntrica en una manera que prevaleció durante 1400 años

La leyenda cuenta que Galileo Galilei murmuró el Eppur si muove (o E pur si muove), que se traduce como "Y sin embargo se mueve", tras abjurar de la visión heliocéntrica del mundo ante el tribunal de la Santa Inquisición.

1 comentario:

  1. Reciban muchas bendiciones, les visito desde El Salvador Centroamerica, les invito a mi blog www.creeenjesusyserassalvo.blogspot.com
    MI TESTIMONIO PARA LA GLORIA DE DIOS.

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