12 de marzo de 2010

Marciano


Mal cerradas las heridas
que recibió ayer mismo en el tormento,
presentose en la arena sostenido
por dos esclavos, vacilante y trémulo.


Causó impresión profunda su presencia:
Muera el cristiano, el incendiario, el pérfido!
gritó la multitud con un rugido
por lo terrible semejante al trueno.


Como si aquel insulto hubiera dado
vida de pronto y fuerza al enfermo,
Marciano al escucharlo, irguiose altivo.
Alzó la frente, contempló a la turba
librose de los brazos de los siervos,
y con raro vigor, firme y sereno,
cruzando solo la sangrienta arena,
llegó al pie mismo del estrado regio.


Puede decirse que el valor de un solo hombre
a más de ochenta mil impulsó miedo,
porque la turba, al avanzar Marciano
como asustada de él guardó silencio.
Llegaron a todas partes sus palabras,
que resonaron en el circo entero:
haces bien en matarme, porque es cierto
Cesar, le dijo, miente quien afirma
que a Roma he sido yo quien prendió fuego;
si eso me hace morir, muero inocente
y lo juro ante Dios que me está oyendo.
Pero si mi delito es ser cristiano
haces bien en matarme , porque es cierto.
Creo en Jesús y practico su doctrina,
y la prueba mejor de que en El creo
es que en lugar de odiarte, te perdono !,
y al morir por mi fe, muero tranquilo.


Acabó su discurso al mismo tiempo
que un fiero león le saltaba por el circo, su riza melena sacudiendo;
avanzando los dos, uno hacia el otro,
él, cruzando los brazos sobre el pecho,
la fiera echando fuego por los ojos
y la ancha boca con delicia abriendo.


Llegaron a encontrarse frente a frente.
Se miraron los dos, y hubo un momento
en que el león turbado parecía,
cual si en presencia de hombre tan sereno,
pavor sintiera el valeroso bruto
de atacarle mirándole indefenso.
Duró la escena muda largo rato;
pero al cabo, del hijo del desierto
venció la fuerza, lanzó un rugido,
se arrastró dando vueltas por el suelo
y de un salto cayó sobre su víctima.
En estruendoso aplauso rompió el pueblo,
brilló la sangre, se empapó la arena.
Y aún en la lucha de furor tremendo,
Marciano, con grito de agonía,
Te perdono, Neron! dijo de nuevo.


Aquel grito fue último; la zarpa del feroz león animal cortó su aliento.
Y asi acabó la lucha al poco rato.
Ya no queda más de aquello
que unos ropajes rotos y esparcidos
sobre un cuerpo tambien roto y deshecho,
una fiera aún bebiendo sangre humana
y una plebe frenética aplaudiendo.

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